Durante décadas, los fans de Star Trek han compartido con astrónomos un guiño cósmico: la estrella 40 Eridani A, situada a 16 años luz de la Tierra, fue señalada en 1991 por Gene Roddenberry y tres investigadores del Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics como la candidata más razonable para ser el sol de Vulcano, el planeta natal de Spock. La ficción tenía un lugar real al que mirar.
Esa conexión pareció reforzarse en 2018, cuando el Dharma Planet Survey reportó la posible detección de HD 26965 b, una supertierra en órbita de 42 días alrededor de esa misma estrella. La palabra clave era «posible»: los datos no confirmaban un mundo, pero la señal abría una puerta lo bastante sugerente como para que la comparación con el hogar del oficial vulcano se extendiera rápidamente.
Una señal que no resistió la revisión
La detección se basó en velocidad radial, una técnica que infiere la presencia de un planeta midiendo cambios minúsculos en el espectro de una estrella cuando algo parece hacerla oscilar. El problema es que una estrella también se mueve, late y cambia por sí misma, sin necesidad de ningún compañero planetario.
En mayo de 2024, la NASA explicó que análisis posteriores con el instrumento NEID mostraban que la señal atribuida a HD 26965 b no se comportaba igual en todas las longitudes de onda, algo esperable si procedía de la actividad estelar y no del tirón gravitatorio limpio de un planeta, según recoge Xataka. Vulcano, en los datos, empezaba a parecer una confusión de la propia luz.
El espejismo del planeta de Spock
Lo que hemos visto es casi una broma del universo: el Vulcano ficticio no desapareció por un villano romulano ni por un agujero negro, sino por algo mucho más discreto y científico: mejores datos. La posibilidad era fenomenal, porque permitía imaginar que una de las grandes ficciones espaciales del siglo XX había señalado, aunque fuera por casualidad, hacia un rincón real del cielo.
Los propios investigadores que comunicaron la posible existencia de HD 26965 b contemplaban que aquella señal pudiera tener una explicación menos novelesca: movimientos y actividad de la estrella disfrazados de planeta. Con el tiempo, otros análisis fueron empujando en esa dirección y la historia empezó a cambiar de sitio.
La astronomía funciona con señales que resisten revisión. Y esta, por ahora, no parece la huella de un planeta, sino el ruido de una estrella haciéndose pasar por mundo. La detección directa de exoplanetas sigue siendo uno de los mayores retos de la astrofísica moderna, y casos como este ilustran por qué los anuncios preliminares deben tomarse con cautela hasta que múltiples instrumentos y técnicas confirmen la señal.
