En 2025, un equipo de científicos italianos publicó un estudio sorprendente sobre actividad eléctrica vegetal. Según la investigación realizada en un bosque de coníferas de los Dolomitas, los árboles experimentaban cambios en su «electroma» —el conjunto de impulsos eléctricos que transmiten sus tejidos— catorce horas antes de un eclipse solar parcial. El hallazgo captó atención mediática como ejemplo de ciencia curiosa, pero sin utilidad práctica evidente, dado que los eclipses pueden predecirse con siglos de antelación mediante cálculos astronómicos consolidados.
Un análisis posterior publicado en 2026 en la revista Trends in Plant Science por los científicos Ariel Novoplansky y Hezi Yizhaq cuestiona frontalmente esas conclusiones. Según el contraanálisis, tal y como informa Xataka, los cambios eléctricos detectados en los árboles no se debieron a ninguna capacidad anticipatoria del eclipse, sino a una causa mucho más prosaica: una tormenta eléctrica intensa que azotó la región exactamente 14 horas antes del fenómeno astronómico.
El electroma y los sensores en los Dolomitas
El estudio de 2025 colocó sensores en ejemplares de Picea abies (pícea de Noruega) durante un eclipse parcial que apenas redujo la luminosidad un 10% en esa zona de los Alpes italianos. Los investigadores observaron un pico abrupto de actividad eléctrica en los árboles más viejos catorce horas antes del inicio del eclipse, que luego se propagó a ejemplares más jóvenes. El electroma vegetal, análogo en cierta forma a la señalización neuronal en animales, responde típicamente a estímulos externos como estrés hídrico o cambios térmicos bruscos.
Sin embargo, Novoplansky y Yizhaq señalan una inconsistencia fundamental: los eclipses solo alteran temperatura y luminosidad mientras ocurren, no horas antes. Además, un eclipse parcial de baja magnitud (10% de oscurecimiento durante dos horas) no genera cambios ambientales significativos. «No tiene mucho sentido», argumentan los autores del contraanálisis.
Rayos, no profecía vegetal
La hipótesis alternativa es directa: justo 14 horas antes del eclipse, una tormenta eléctrica con lluvias intensas y abundante caída de rayos atravesó las inmediaciones de los Dolomitas. Los árboles actúan como antenas electromagnéticas naturales, captando la actividad eléctrica atmosférica y traduciéndola en variaciones de su propio electroma. Cuanto mayor el árbol, más potente la antena —de ahí que los ejemplares más viejos y grandes registraran picos más pronunciados—.
El astrofísico español Javier Armentia, consultado por el Science Media Centre, respalda esta tesis: «Ni hay mecanismos por los que un pinar pueda reaccionar a pequeñas bajadas de luz que no se producen de manera habitual ni interfieren con los procesos vegetativos, ni las mediciones de esa conducta anticipatoria se explicaban por el eclipse sino por, probablemente, una noche fría sufrida unas horas antes».
Limitaciones del estudio original y memoria colectiva forestal
El estudio italiano analizó únicamente tres árboles y cinco tocones, una muestra insuficiente para extrapolar comportamientos a nivel de ecosistema. Los autores originales especularon además con que los árboles más viejos «recordaban» eclipses pasados y respondían con antelación a cambios térmicos futuros. Novoplansky y Yizhaq rebaten esta idea: los eclipses totales o parciales visibles desde un mismo punto geográfico están separados por décadas o más, y un eclipse parcial de baja magnitud no provoca variaciones ambientales memorables. José Manuel Vaquero, catedrático de física de la Tierra, añade que un eclipse parcial menor «genera variaciones ambientales menores que las que produce el paso de una nube densa o de un frente».
En definitiva, los árboles no predicen eclipses solares. La actividad eléctrica registrada en los Dolomitas tiene una explicación mucho más aburrida —y científicamente rigurosa—: tormentas, rayos y las propiedades electromagnéticas de la vegetación.
