Un equipo de investigadores de la Institución Oceanográfica de Woods Hole ha completado un ensayo controvertido de geoingeniería en el golfo de Maine, vertiendo 65.000 litros de hidróxido de sodio —marcado con un tinte rojo brillante— en aguas oceánicas bajo autorización de la EPA estadounidense. El objetivo: probar si la alcalinización oceánica (OAE, por sus siglas en inglés) puede acelerar la captura de dióxido de carbono atmosférico.
La química detrás del «antiácido» oceánico
El océano actúa como el mayor sumidero de carbono del planeta, pero décadas de emisiones de gases de efecto invernadero han saturado su capacidad natural. Según la fuente Xataka, la técnica de alcalinización oceánica busca contrarrestar la acidificación del mar añadiendo sustancias alcalinas que alteren el equilibrio químico del agua, forzándola a absorber más CO₂ de la atmósfera para compensar el cambio de pH.
Durante el experimento en Maine, la inyección elevó el pH del agua de 7,9 a 8,3. En un periodo de cuatro días, los niveles volvieron a la normalidad, y durante esa ventana el ensayo logró retirar entre 2 y 10 toneladas de CO₂ del ambiente, con proyecciones de hasta 50 toneladas a medida que la pluma se diluía en el océano.
Problemas de escalabilidad y precipitación de carbonatos
A pequeña escala, el experimento mostró resultados alentadores: los análisis de la comunidad biológica —incluyendo larvas de peces y plancton— no revelaron efectos adversos agudos. Sin embargo, trasladar esta técnica a escala global enfrenta obstáculos químicos significativos.
Investigaciones recientes advierten que exceder ciertos umbrales de saturación dispara la precipitación secundaria de carbonatos, formando carbonato cálcico que agota la alcalinidad añadida y, en algunos casos, libera CO₂ de vuelta al agua. Un estudio en mesocosmos de mar abierto demostró que se puede perder hasta un 10% del CO₂ almacenado en cuestión de semanas si se sobrepasan estos límites.
Además, la eficiencia de captura no es directa: los expertos estiman que cada mol de alcalinidad añadida se traduce solo en unos 0,35 moles de reducción de CO₂ atmosférico, debido a complejas compensaciones y retardos temporales en los sumideros oceánicos y terrestres.
Incógnitas ecológicas y riesgos de toxicidad
Más allá de la química, los efectos ecológicos a largo plazo permanecen inciertos. Aunque el vertido en Maine no mostró toxicidad aguda, modelos proyectan que una alcalinización masiva y prolongada podría reducir hasta un 15% la producción primaria neta en ciertos escenarios, alterando la estructura de comunidades de fitoplancton y cocolitofóridos, con efectos impredecibles en la cadena trófica marina.
Organizaciones como el NRDC y el EDF han señalado riesgos logísticos adicionales: si en lugar de hidróxido de sodio sintético se emplean minerales molidos —una alternativa más barata— existe el peligro de liberar metales pesados tóxicos en el mar, dependiendo de la composición de la roca original.
Un debate sobre geoingeniería abierto
El experimento en el golfo de Maine ilustra tanto el potencial como los límites de la alcalinización oceánica. Aunque la química teórica está bien comprendida, llevarla a la práctica a escala planetaria para frenar el cambio climático requiere una comprensión mucho más profunda de los equilibrios químicos y ecológicos del océano. Por ahora, la OAE permanece en fase experimental, con más preguntas abiertas que respuestas definitivas.
