Libreros de España, Alemania, Estados Unidos, Nueva Zelanda y Australia están detectando un patrón de compra inusual: empresas adquieren lotes masivos de libros antiguos sin coherencia temática, indiferentes al precio de mercado, para entrenarlos con modelos de lenguaje. Los ejemplares, una vez escaneados, terminan destruidos por razones legales.
Según reporta Xataka, la librería Fènix de Badalona lleva semanas recibiendo pedidos de una empresa canadiense con apariencia de estar automatizados: encargos consecutivos del mismo comprador separados por apenas un minuto. Una veintena de librerías españolas han vendido a esta compañía desde finales de abril, algunas con lotes superiores a los mil ejemplares. Se trata siempre de no ficción descatalogada: monografías sobre castellers de los años setenta, manuales técnicos de vinificación, actas de congresos antiguos, dietarios de la Guerra Civil.
Del libro al dato: la cadena logística de la IA
La empresa identificada en el caso español es ZoomBooks, una compañía canadiense de compraventa de libros de segunda mano que envía los pedidos a un operador logístico en Illinois, PrepFort, encargado de escanear y catalogar los envíos. Cuando se le pregunta directamente, ZoomBooks niega colaborar con Anthropic, la empresa detrás del asistente Claude, y se define como una librería dedicada al reciclaje. Sin embargo, no comenta sus acuerdos comerciales por confidencialidad.
En paralelo opera ISBNdb, una base de datos bibliográfica que ahora ofrece a laboratorios de IA la compra de entre mil y un millón de libros por encargo. Su propia web lo expone sin rodeos: los libros impresos anteriores a 2022 son la reserva de texto humano que ningún rastreo de internet puede ya garantizar, protegidos frente a la contaminación de textos generados por la propia IA que ahora inundan la red.
La destrucción como requisito legal
El destino final de estos libros está determinado por una sentencia judicial. El juez federal William Alsup dictaminó en junio de 2025, en el caso Bartz v. Anthropic, que entrenar modelos de lenguaje con libros comprados legalmente constituye un uso transformador amparado por la doctrina del fair use. También consideró legal digitalizarlos, pero solo si el ejemplar impreso desaparecía en el proceso. Es decir, la copia digital debe ocupar el lugar del libro en papel. Si el libro físico sobreviviera al escaneo, la empresa conservaría dos copias habiendo pagado una, y el argumento de fair use se debilitaría. La trituradora es un paso obligatorio.
Meses antes de esa sentencia, Anthropic ya llevaba en marcha una operación de compra a gran escala bautizada internamente como Project Panama. Un documento interno de la compañía, destapado por The Washington Post a partir de escritos judiciales desclasificados, definía así la acción: «Escanear destructivamente todos los libros del mundo». El mismo documento pedía que el proyecto permaneciera oculto.
Preocupación entre libreros y expertos
Los libreros de viejo españoles han alertado al Ministerio de Cultura. Miguel Ángel Ortega, presidente de la asociación de libreros anticuarios UNILIBER, recuerda que su gremio cumple funciones de preservación y conservación del patrimonio bibliográfico, y le resulta contradictorio vender ejemplares para que terminen destruidos. Marçal Font, de la librería Fènix, lo plantea sin medias tintas: «estamos ante una forma de expolio literario».
Lo protegido por depósito legal y bien catalogado corre menos riesgo, pero también existen fanzines, boletines vecinales, publicaciones locales y documentación de movimientos sociales que pueden desaparecer. Xavier Vinaixa, investigador que ayudó a destapar el caso, y el analista Antonio Ortiz coinciden en que la industria necesita cada vez más texto humano no contaminado por IA para evitar el colapso del modelo, aunque Ortiz matiza que la escasez de datos pesa hoy menos que hace dos años porque el entrenamiento se apoya cada vez más en aprendizaje por refuerzo sobre datos ya cualificados.
La investigadora Patrícia Ventura subraya que el conocimiento tiene que seguir siendo un bien público, no una reserva privada de un puñado de compañías.
