En 1997, Kentucky inició uno de los programas de reintroducción de fauna más ambiciosos de Estados Unidos: entre ese año y 2002, el estado capturó 1.541 alces occidentales en seis estados del oeste (Arizona, Kansas, Dakota del Norte, Nuevo México, Oregón y Utah) y los liberó en una zona de 16 condados del sureste, aproximadamente 17.000 kilómetros cuadrados de territorio. El último alce oriental había sido tiroteado en Pensilvania en 1877, según registros históricos citados por Xataka.
Casi tres décadas después, la manada ha superado todas las expectativas: hoy cuenta con 13.000 ejemplares, sobrepasando el objetivo inicial de 10.000, y constituye la población silvestre de alces más grande al este de las Montañas Rocosas, según cifras de la Rocky Mountain Elk Foundation, organización que cofinancia el proyecto.
Minas de carbón convertidas en praderas clave
El éxito del programa tiene un factor inesperado: las antiguas minas de carbón a cielo abierto. Aunque estas áreas representan solo el 10% de la zona de suelta, su papel ha sido fundamental. La legislación obliga a las minas a rehabilitar el terreno tras la explotación, lo que en la práctica significa nivelarlo, estabilizarlo y sembrar pastos, una solución barata y rápida para cumplir requisitos ambientales.
Estos espacios abiertos ofrecen el alimento que un herbívoro de gran tamaño necesita, mientras que los bosques caducifolios circundantes sirven como refugio y zona de cría. El Departamento de Recursos de Pesca y Vida Silvestre de Kentucky destaca que la combinación de praderas para pastar y bosque para protección, junto con inviernos suaves y escasez de depredadores como osos o lobos (también extinguidos localmente), creó condiciones óptimas.
Matices genéticos y ambientales
El alce que hoy habita Kentucky no es exactamente el que vivió allí antes de 1877. El alce oriental se extinguió para siempre; lo que pasta por los Apalaches hoy es el alce occidental o alce de las Montañas Rocosas, genéticamente distinto aunque visualmente similar. Además, las praderas rehabilitadas sobre roca compactada, sembradas con pastos a veces no autóctonos, no equivalen a praderas naturales.
Pese a ello, el modelo de Kentucky se ha replicado en otros estados del este de EEUU. La manada ha servido como fuente para repoblaciones adicionales, y el retorno del alce ha generado turismo cinegético y de observación de fauna, con ingresos estimados en cinco millones de dólares anuales según un estudio de la Universidad de Kentucky. Una paradoja: la caza, actividad que contribuyó a la extinción del alce oriental en el siglo XIX, ahora financia parcialmente su conservación.
